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Descubriendo el Cosmos (I)


Recuerdo que ya desde pequeño había ocasiones en que no lograba conciliar el sueño porque me aturdía una tremenda cuestión: comprender desde cuándo estaba todo esto aquí y hasta dónde llegaba el espacio. Sin saberlo estaba tratando de encontrar la certeza a dos conceptos que siguen hoy sin más explicación que lo que nos permite la teoría: el tiempo y el espacio.

Yo entonces no conocía la teoría del Big-Bang y mi perplejidad venía por el hecho de que era incapaz de asimilar que el Universo estuviera aquí desde siempre, sin un principio y aparentemente sin ningún final; y también, que el espacio pudiera no tener límites, y si los hubiere ¿qué se supone que había después? Me estaba enfrentando a los conceptos de lo infinito y de lo eterno, y eso son asuntos muy difíciles para un niño.

En lo que se refiere a la Astronomía he sido autodidacta desde pequeño y siempre me recuerdo mirando el cielo. Puede que se deba a que a la edad de siete u ocho años, en una tarde oscura de otoño, vi cómo el firmamento se llenaba de luz y de color.

Corrían los tiempos de la conquista espacial y latía en el ambiente la guerra fría entre USA y la URS. Pese a que ya se había alcanzado la Luna, la tecnología aeronáutica aún estaba en fases de desarrollo y eran muchos los lanzamientos que fracasaban mucho antes de alcanzar sus objetivos (principalmente Marte por parte de los americanos y Venus por parte de los rusos). Yo presencié uno de aquellos fracasos: un cohete explotó en la atmósfera y todo su combustible se incendió y llenó aquel cielo de otoño de colores cambiantes y de formas espectaculares. Por supuesto que aquel suceso lo entendí bastante tiempo después, pero el incidente me llevó a observar el cielo insistentemente porque en él "sucedían cosas".

ninoY seguí mirando aquellos puntitos de luz brillante buscando respuestas inútiles a preguntas mal formuladas, hasta que Carl Sagan nos dio a muchos un toque de gracia allá por 1978 con la serie Cosmos. Aquel programa marcó un antes y un después. Me interesé por la Astronomía y poco a poco empecé a conocer algunas constelaciones. Pero los planetas llegaron más tarde y no con poco esfuerzo (entonces no había Internet ni existían los programas tipo planetario que podemos tener hoy instalados incluso en un móvil). Cada vez que "descubría" uno -con la certeza de hacerlo- me producía una emoción indescriptible.

Más adelante empecé a utilizar los prismáticos y mucho más tarde un telescopio newtoniano que me regaló mi mujer. No sabía cómo funcionaba aquella montura ecuatorial pero me las apañé para encararlo a Júpiter por primera vez y a Saturno inmediatamente después ¡y vi los anillos de aquel planeta situado a 1400 millones de kilómetros! La emoción resultó superlativa y un extraño orgullo me invadía pues acababa de entender -por fin- qué era el espacio y qué el tiempo en toda su profundidad.

Comprendí de repente la envergadura del Sistema Solar, comprendí la distancia que hay entre las estrellas y comprendí también la vastedad del Universo. Como una descarga de adrenalina ante un descubrimiento genial, todo aquello de lo que Carl Sagan nos hacía partícipes y permanecía latente en mi mente lo asimilé casi al instante. La pieza que le faltaba a aquel mi rompecabezas resultó ser el hecho de vivir la experiencia por mí mismo y comprobar que todo aquello era cierto, que yo también podía verlo. Aquellas preguntas que me atormentaban de pequeño empezaban a tener sentido y ahora ya podía seguir con ellas porque en mi habitación cerrada se habían abierto de repente todas las puertas y ventanas al más puro estilo de aquel proceso cognitivo denominado insight.

Para llegar hasta aquí tuvieron que pasar años. Fue una aventura tan excitante que me gustaría volverla a vivir con la misma intensidad y emoción, como cuando aquel escalofrío recorría todo el cuerpo al lograr apenas rozar con la mano las caderas de la chica que te gustaba en el tumulto que se organizaba a la entrada de las aulas...

Pero los años le cargan a uno con exceso de experiencia y razones prácticas, y las emociones se pierden si no se cuidan. Afortunadamente tuve la brillante idea de anotar cuáles iban siendo mis observaciones. Aquellas anotaciones son un recuerdo que conservo tan afanosamente como las cartas que escribí a aquella novia de juventud que hoy es mi compañera y esposa. Revivir aquellos sentimientos motiva continuar el presente.

Con sus faltas y sus menos os voy a dejar con las anotaciones que hice de las observaciones de Saturno al telescopio. Posiblemente a los legos no les diga gran cosa y aún tomen el texto como de referencia (que lo es) pero a los aficionados experimentados seguro que os arrancará una sonrisa.

Bitacora1

El cuaderno de un novato ¿verdad? ¡Cómo me gustaría volver a serlo!


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